
Mientras varios medios nacionales e internacionales hablan del Súper Niño que podría venir, el doctor Víctor Magaña Rueda llama a la cautela. No porque el calor no sea real “lo es, y cada vez más”, dice, sino porque hemos confundido el ruido con la ciencia.
El investigador del Instituto de Geografía de la UNAM y doctor en Ciencias Atmosféricas por la Universidad de California, señaló un presunto “amarillismo climático”: “Cada vez que escucho explicaciones rápidas y simplonas, me doy cuenta de que se trata de gente que no ha estudiado verdaderamente el clima”, afirmó en entrevista con 24 HORAS.
¿El país se calienta?
“Si, el país se calienta, mi molestia es con la desidia para explicar el porqué. Detectar que hace más calor es relativamente fácil. Lo difícil, lo que casi nadie hace, es la atribución, explicar las causas”.
Magaña Rueda ha dedicado buena parte de su carrera precisamente a esa tarea. Desde hace más de dos décadas estudia el impacto de El Niño, un evento climático natural caracterizado por el calentamiento anómalo de las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial, que altera los patrones meteorológicos, provocando lluvias torrenciales, sequías e incendios forestales en distintas partes del mundo.
Al participar en el diseño de un sistema de alerta temprana ante ese fenómeno, impulsado por la Organización Meteorológica Mundial, Magaña sostiene que el cambio climático o El Niño oculta un factor más cotidiano: el crecimiento de las ciudades y cómo se manejan los gobiernos.
“Las ciudades las construimos mal. La filosofía siempre es ocupar el mayor espacio posible, y eso significa tirar todos los árboles que encuentres”.
Ante ello, comparó dos puntos del Valle de México a la misma altura y latitud: la Condesa, arbolada y fresca, contra Chimalhuacán, de asfalto y sin sombra. El contraste en la temperatura del suelo llega a 10°C; en el aire, a tres o cuatro: “No se necesita ser un genio para concluir que el arbolado hace una gran diferencia”, apuntó.
“A las autoridades les interesa lo social y lo económico, pero la parte ambiental siempre la dejan al último. En 2023 y 2024, sin un fenómeno de El Niño de por medio, murieron cientos de personas por el calor. No fue el calor per se. Es la combinación de calor más mala preparación, los que mueren son quienes trabajan a la intemperie, sin que ninguna autoridad actúe para protegerlos”.
¿Cuál es la solución?
Reforestación urbana bien planeada, calendarios laborales ajustados a las horas de mayor peligro y políticas basadas en índices reales de riesgo.
Finalmente, Magaña Rueda recordó que desde 2024 existe una norma que obliga a evaluar si un desarrollo urbano genera riesgo por ondas de calor; el reto, dice, es demostrarlo caso por caso. Pero, sobre todo, hace falta un cambio de actitud.
“Hay que alejarse del alarmismo que ha privado por diversos intereses y empezar a buscar soluciones con seriedad. No es negacionismo, es volver a la ciencia”.


