
Las remesas a México, una de las principales fuentes de divisas del país, mostraron en julio un incremento anual por sexto mes consecutivo, propulsadas por un alza en el monto promedio de las operaciones.
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Los capitales alcanzaron 5 mil 571 millones de dólares, 3% más que en el séptimo mes de 2025, según el Banco de México.
El número de transacciones sumó 13.1 millones sin cambios, mientras el monto promedio por orden creció un 3% a 426 dólares.
En cifras acumuladas, aumentaron un 3.1% interanual entre enero y julio a 36 mil 349 millones de dólares.
Detrás del histórico flujo de más de 64 mil millones de dólares anuales que celebran los indicadores, se oculta una profunda fractura económica.
Mientras el sur y centro dependen de los dólares para el consumo básico y mitigar la pobreza, el norte industrializado avanza a un ritmo donde este dinero representa una fracción marginal.
En Guerrero, Michoacán y Chiapas, las transferencias son el motor de supervivencia y representan entre 14% y 16% del PIB.
Sin tejido industrial, suplen la inversión pública y van a la economía de goteo: alimentos, servicios médicos y autoconstrucción.
Chiapas ejemplifica esta distorsión: llegó al top 5 nacional de recepción no por bonanza local, sino por el flujo de migrantes en tránsito que cobran envíos para financiar su viaje al norte.
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En el extremo opuesto, el norte narra una historia ajena a la dependencia de remesas. En potencias como Nuevo León, Coahuila o Chihuahua, el dinero de los migrantes equivale a menos del 2% de su PIB.
Su economía se sostiene sobre pilares distintos: Inversión Extranjera Directa, exportaciones manufactureras y nearshoring.


