
—Que la presa no reclame a ninguno.
La advertencia apareció dentro del vehículo cuando pasábamos junto a Palo Blanco, camino a un rancho de Ramos Arizpe. Eran casi las tres de la tarde. El agua recibía el sol y devolvía el reflejo de quienes se habían detenido a visitarla. Mi acompañante miró hacia ese espejo.
—Que no los agarre de tributo. Así dicen las abuelas.


